Miles de refugiados recalan allí tras una travesía por una
Europa que mira hacia otro lado.Les dan casa, comida y un sueldo hasta que sean
capaces de valerse por sí mismos
Ana Carbajosa Suecia 16 ENE 2014 - 00:00 CET170
En la foto : Shihabi
y Diab, llegados a Suecia tras haber pagado 12.000 euros a un contrabandista
que se encargó de organizar su viaje. / Evan Pantiel Publicado en EL PAIS 16 de
enero 2014
Guardar Los pasos han
de ser cortos. Si no, la probabilidad de caer de bruces contra una placa de
hielo aumenta. Pasito a pasito. Así es el aprendizaje en Jämtland, una
provincia del centro de Suecia cubierta de nieve a la que van a parar parte de
los miles de refugiados sirios que se reparten por el país nórdico. Llegan con
lo puesto. Aturdidos por la guerra y desorientados tras cruzar media Europa de
la mano de contrabandistas sin escrúpulos. Ahora les toca empezar de cero,
construir una segunda vida lejos del mínimo atisbo de familiaridad. La gélida
Suecia, a diferencia del resto de países de Europa, les abre sus puertas de par
en par.
El comedor de Grytan, una antigua base militar de Jämtland,
es algo así como las Naciones Unidas del dolor. Aquí los sirios son abrumadora
mayoría, pero hay también refugiados de Somalia, de Irak, de Eritrea, de
Palestina y hasta un marroquí. Comparten mesa sin mantel en esta antigua
barraca militar, privatizada y reconvertida ahora en alojamiento temporal para
los que escapan de sus infiernos nacionales. La Agencia Sueca de Migraciones y
los dueños del recinto les ofrece tres comidas al día, las primeras nociones de
sueco y toda la libertad que un campamento incrustado en un bosque nevado en
medio de la nada es capaz de ofrecer.En el menú: pollo con arroz y mandarinas.
Nada del otro mundo. Pero juntarse a comer es por lo menos una manera de matar
el tiempo. Los días se hacen eternos a la espera de recibir los papeles que les
permiten trasladarse a un lugar más permanente y ponerse en mano de los
servicios de empleo para arrancar, ya sí, de verdad, la nueva vida en Suecia.
Para eso se impone no impacientarse durante semanas en el mejor de los casos y
a menudo meses.
“Aquí ejercitamos el arte de esperar”, se resigna Ronza
Shihabi, una sonriente siria de 28 años. Ella y su marido, Fadi Diab, de 25,
tienen cita para arreglar los papeles en febrero. Hasta entonces vivirán en un
cuarto con literas de hierro pintadas de blanco. Bajarán a airearse al pueblo
más cercano. Verán cómo los días se hacen cada vez más cortos y sobrevivirán a
temperaturas bajo cero. De momento, Shihabi, de ojos negros inmensos, ya ha
cambiado el hiyab por un gorro de lana de rayas rosas.Fue hace dos meses cuando
este matrimonio de Damasco decidió huir. Llevaban medio año saltando de barrio
en barrio de la capital siria, esquivando los bombardeos. “En los lugares
seguros hay que pagar los alquileres de golpe, por adelantado”, explica
Shihabi, una ingeniera informática que dirigía una sucursal de la empresa de
telecomunicaciones Syriatel en Yarmouk, el gran campo de palestinos de Damasco
y uno de los lugares más azotados por la guerra. A Shihabi le tocó ir a
trabajar hasta el final; hasta el día antes de su huida. El régimen se empeña
en coreografiar una falsa normalidad en Damasco a pesar de los casi tres años
de guerra y más de 100.000 muertos, y sobre todo a pesar de que los figurantes
que acuden a sus trabajos lo hacen muertos de miedo, sin saber si sobrevivirán
al día siguiente. “Me obligaban a ir a trabajar, porque para ellos [el
Gobierno] era una manera de mostrar que apoyaba al régimen”.
Aquello era insoportable. Por eso, el que tiene la mínima
oportunidad sale corriendo. Como sea y a donde sea. Cuando Shihabi y Diab
recibieron el visto bueno y, sobre todo, el dinero de su familia, se casaron de
un día para otro y salieron, como llegaron a Suecia semanas después, con lo
puesto. “Fue un trámite. Yo siempre había soñado con casarme de blanco, pero no
pudo ser. Ni siquiera ese día pudimos ser felices”. Los familiares de la joven
pareja desembolsaron sus ahorros para pagar al contrabandista que les llevaría
hasta Europa por unos 12.000 euros. Ellos fueron los agraciados. Los demás
miembros de la familia se han tenido que quedar en el infierno damasceno,
porque el dinero no dio para más de dos pasajes mafiosos. Les tocó viajar a
ellos por una razón de peso. A Diab le habían llamado a filas. En enero le
tocaba incorporarse al sanguinario Ejército del régimen de Bachar el Asad.Shihabi
y Diab llegaron al aeropuerto de Damasco rezando y con la cabeza entre las
piernas. En esa carretera es donde se libran algunos de los más cruentos
combates entre rebeldes y leales al régimen desde hace meses. El destino final
sería Suecia, no había duda. En este país no conocen a nadie, pero todo el
mundo en el campo de Yarmouk, como en el resto de Siria, sabe que el Gobierno
sueco les recibirá con los brazos abiertos. “Son los únicos que nos dicen:
‘Vengan, vengan’, y que nos dan una residencia permanente”.Los recién casados
volaron de Damasco a El Cairo, y de ahí, por carretera, hasta Alejandría, donde
subieron a la patera. “Nos escondimos detrás de unos edificios y cuando el
contrabandista gritó ‘¡Ahora!’, corrimos a montarnos en el bote”. Los que
corrieron sumaban 150 y eran todos sirios. Viajaron amontonados; no había
sitio. “Empezó a entrar agua en el barco. Estábamos muertos de miedo”. El barco
naufragó y los sirios volvieron a encontrarse con la muerte de frente. Pasaron
dos días a la deriva. “Mirábamos al mar, al cielo”. Una llamada del
contrabandista con su teléfono satélite les salvó. En el horizonte aparecieron
dos barcazas y les rescataron. Viajaron hasta Siracusa, en Sicilia. Allí les
recibió la policía y acabaron internados en un centro de refugiados italiano.
Un nuevo contrabandista les ofreció sacarles de allí y llevarles hasta Roma por
300 euros. No lo dudaron. De ahí en autobús a Milán y después a Alemania.A esas
alturas, Shihabi se había quitado el hiyab y se había pintado la cara como una
puerta “para parecer europea”. De Múnich viajaron en tren hasta Copenhague, y
de allí, en barco hasta Malmö, en Suecia. Un amigo que había hecho un viaje
similar iba dirigiendo sus pasos a través de un teléfono móvil. Imposible
moverse por Europa con cara de aquí no pasa nada sin instrucciones precisas. El
11 de octubre de 2013 llegaron a Suecia. “Sabíamos que aquí estaríamos a salvo,
que nos cuidarían. Las autoridades de inmigración nos dijeron que no nos
preocupáramos. Nos pusieron en un hotel durante tres días y luego nos trajeron
a Grytan”. Shihabi sueña con traer a su madre y a su hermano, que padece una
depresión. Sueña con encontrar un trabajo de lo suyo y con quedarse embarazada.
Su caso y el de Diab no son los más trágicos ni siquiera
singulares. Unos de miles. Imposible cuantificar. Solo a Suecia llegan en estas
condiciones 1.300 sirios a la semana. Muchos otros lo intentan en otros países
de Europa, incluida España, donde los sirios son ya el segundo grupo más numerosos
que intenta entrar por Melilla. En España, la mayoría ni siquiera solicita el
asilo. Saben que tardaría más de un año y que mientras tanto estarían
resignados a vivir en condiciones lamentables. Los que pueden continúan su periplo
hacia el norte de Europa.El verdadero reto consiste en tocar territorio sueco.
El reglamento de Dublín II y que atañe a los europeos dice que los aspirantes a
refugiados políticos solo pueden solicitar el asilo una vez que estén en el
país de acogida. Cómo lleguen hasta allí o si viven o mueren por el camino no
es asunto del que se ocupen las leyes internacionales. El resultado, en casos
de conflictos como el de Siria, es que decenas de miles de personas se
encuentran en este mismo momento jugándose el tipo en alguna patera en el
Mediterráneo. O ateridos, de noche, en un bosque huyendo de los perros policía
en Grecia, en Bulgaria o en Turquía, en una travesía macabra; una ruleta rusa,
cuyos hilos manejan los traficantes de personas. Decenas de entrevistas con
sirios por toda Suecia bastan para trazar con cierta precisión el mapa de las
rutas que cruzan la otra Europa sobreviviendo al margen de la ley.
Como la de Michel Daoud, un peluquero que desertó del
ejército y que ahora teme que los islamistas del Frente al Nusra maten a su familia.
Que cruzó un caudaloso río europeo con el agua hasta las rodillas durante siete
horas. Que atravesó un bosque con la patera inflable al hombro. Que se pasó 20
días comiendo pan seco y cuatro escondido debajo de un puente empapado,
tiritando de frío. Que creyó que se moría. Y que ahora, ya en Suecia, teme
volverse loco. Sueña con su padre, con su madre, con que está en Grecia y no
tiene comida, que se muere de frío. “Me estalla la cabeza”.
O como una anciana siria, de luto riguroso, que pasó 13 días
encerrada en un camión, a oscuras, hasta llegar a Suecia. “Pagué 9.000 euros.
No sabía cuándo era de día o de noche”. O una joven de 24 años de ojos
tristísimos que escapó de Homs y que aún tiene miedo de dar su nombre por si el
régimen se venga contra su madre. Que se presentó en el aeropuerto de Estocolmo
con un pasaporte mexicano sin conocer a nadie, pero que había leído en Internet
que aquí le darían techo y comida. O como Mohamed Amin, que tras siete días en
alta mar llegó a la conclusión de que moriría de sed, mientras temblaba de
frío. Y que después recorrió Europa en un autobús fantasma, junto con decenas
de sirios, con las cortinas corridas y sin parar ni una sola vez para no
levantar sospechas. O Jimmi Neme, el economista de Alepo al que encerraron dos
meses y medio en una cárcel griega después de que la policía lo apresara en el
monte en el que le dejó tirado el contrabandista.Todos los demandantes sirios
tienen derecho a la residencia permanente en Suecia. Así lo decidió el Gobierno
en septiembre, después de llegar a la conclusión de que la guerra en Siria no
iba a amainar a corto plazo y que, por tanto, había que legalizar cuanto antes
a todo sirio que pusiera el pie en Suecia. Ya con los papeles en la mano, el
Gobierno pone en marcha una generosísima operación de acogida. Les darán un
sueldo mensual –unos 750 euros, según los casos–, les enseñarán sueco, les
buscarán un apartamento y, más tarde, un trabajo. Y, sobre todo, tendrán
derecho a traer a sus familias a través de los consulados, por la vía legal.
Por eso, la espera en Grytan, pese a las nieves y demás pesares, es algo más
llevadera que en otras partes del mundo, porque aquí saben que, salvo contadas
excepciones, obtendrán la residencia permanente. Es cuestión de tiempo y
fortaleza.
Los datos oficiales indican que al menos el 20% de la
población sueca es de origen extranjero, lo que supone el porcentaje más alto
de todos los países nórdicos. Esta nueva oleada de refugiados ha reavivado la
eterna pregunta. ¿Puede Suecia acoger a tanta gente? “Esa no es la cuestión. La
cuestión es que para nosotros, lo que no resulta aceptable es ver lo que está
pasando en Siria y no hacer nada”, sostiene Mikael Ribbenvik, director de
operaciones de la Agencia sueca de Migraciones. “En el verano de 2012, cuando
estimamos que la guerra siria no iba a solucionarse pronto, dejamos de
repatriar a sirios. No podemos devolverlos a un país en guerra”. Aunque por su
discurso lo parezca, la organización para la que trabaja Ribbenvik no es
ninguna ONG. Es la agencia del Gobierno encargada de trazar y ejecutar la
política migratoria. Eso sí, al margen de conveniencias políticas. “Tomamos
decisiones técnicas, no podemos dejarnos influir por las deliberaciones
políticas. No somos naif. Claro que sentimos presiones, pero no podemos
dejarnos influir, porque siempre va a haber gente que no quiera que vengan
extranjeros”.
Dicho así, la operación acogida suena bonita y relativamente
fácil. Para el Gobierno supone, sin embargo, un despliegue logístico y un
desafío político descomunal en tiempos poco propicios para la solidaridad. El
virus populista y de extrema derecha que se propaga por Europa no ha pasado de
largo por la progresista Suecia. Los extremistas escalan posiciones en los
sondeos a buen ritmo y al grito de “no más refugiados”. Suecia es un país rico,
sí. Pero eso por sí mismo no basta para explicar el porqué de su política de
refugiados e inmigrantes. Aquí solo la asertividad política del resto de
formaciones que han hecho piña frente a la extrema derecha mantiene, de momento,
las fronteras abiertas, a diferencia de la mayoría de países de la Unión
Europea. “Los Veintiocho se encuentran paralizados ante el avance de los
populismos y la retórica antiinmigración”, confiesan fuentes comunitarias en
Bruselas.
Necesitamos a los refugiados. Nos preocupa lo que vemos en
Europa. Estamos muy solos", afirma el ministro de IntegraciónEn Suecia
sucede lo contrario. Los políticos se esfuerzan por no dejarse amedrentar por
los que quieren asustar al electorado con la llegada del lobo-inmigrante.
Quieren demostrar con hechos que hacerlo de otra manera es posible. Y saben que
la integración es una pieza clave en un puzle que amenaza continuamente con
saltar por los aires. Cuanto antes tengan trabajo los que llegan y antes
empiecen su nueva vida, menor será el riesgo de que se creen guetos y de que
los que conciben la inmigración como un problema acaben por tener razón. La
claridad del ministro sueco de integración, el liberal Erik Ullenhag, es
pasmosa. “Conceder a los refugiados la residencia permanente es muy importante,
porque eso les va a permitir traer a sus hijos y, por tanto, centrarse en
aprender sueco y buscar un trabajo en lugar de dedicar sus energías a pensar
qué será de su familia en Siria. Además, si tienes los papeles y sabes que te
vas a quedar, pones mucho más énfasis en aprender el idioma y en integrarte”. Y
sigue: “Luchamos por acelerar el proceso. Cuanto más tarden en empezar y saber
dónde van a vivir, más difícil será luego la integración”.
Explica Ullenhag que la unidad y el consenso político han
sido imprescindibles para adoptar decisiones como la de los sirios. “La
coalición de Gobierno [centroderecha-liberales] y la oposición
[socialdemócratas] hemos decidido conscientemente que no vamos a dejar que los
mensajes xenófobos ganen terreno. La mejor manera de combatir eso es no dejarse
contagiar por su discurso y mostrar liderazgo en el sentido contrario. Acoger a
refugiados es una cuestión moral, pero también económica. Los necesitamos. Nos
preocupa lo que vemos en el resto de Europa. Estamos muy solos”. La Agencia de
Naciones Unidas para los Refugiados acaba precisamente de elegir a Suecia para
dirigir el grupo de trabajo que pretende animar a otros países a acoger a
sirios. De momento, 18 países se han comprometido a trasladar desde los campos
a 17.000 sirios; una cifra insignificante comparada con los dos millones y
medio que malviven hacinados en campos de Líbano, Jordania, Turquía o en
Egipto.
El ministro Ullenhag se refiere a los Demócratas Suecos, el
partido populista de extrema derecha y el único que pide que se frene la
llegada de inmigrantes y de refugiados. Los ultraderechistas sufren un
ostracismo político e institucional en un país tradicionalmente progresista y
en el que la corrección política impera. Aun así, su mensaje cala cada vez más
entre el electorado, como en la mayoría de los países europeos. Encuestas
recientes les otorgan el 10% de los votos, lo que supone un incremento
considerable frente al 5,6% que obtuvieron en las últimas elecciones.
En Estocolmo, el diputado de los Demócratas Suecos Mattias
Karlsson se atreve con un discurso del que el resto de los políticos suecos no
quieren ni oír hablar. “Hemos sobrepasado nuestra capacidad para absorber
inmigrantes. El modelo sueco de multiculturalidad ha fracasado como vimos en
los disturbios de hace meses. Hay que reducir en un 90% la gente que entra. En
Suecia hacemos una interpretación demasiado amplia del término refugiado”,
defiende en su oficina del Parlamento. A pesar de que los sondeos hablan de un
presente y un futuro muy prometedor para los Demócratas Suecos, Karlsson sabe
que Suecia no es Francia ni Holanda, y que ellos no son Marine Le Pen ni Geert
Wilders, con los que, por cierto, trabajan ahora para lanzar un frente ultra
paneuropeo. Pero Karlsson sabe, sobre todo, que los políticos suecos son de
otra pasta y no se van a dejar contagiar tan fácilmente. “Los políticos aquí
son muy extremistas de izquierdas. Si esto fuera Estados Unidos, aquí hasta los
conservadores serían demócratas. Esta es una sociedad de consenso, y el
consenso es contrario a lo que nosotros pensamos. Necesitaríamos tener un 25%
de los votos para tener un impacto real”, reflexiona Karlsson. Estas dos
Suecias, la de puertas abiertas y la del miedo a que el de fuera quiebre su
modelo de sociedad, conviven en tensión. Por ahora, la Suecia de la acogida
gana.
Hay lugares como Grytan en los que a las autoridades les
resulta más fácil vender la inmigración como algo positivo. Jämtland es una
provincia poco poblada, que envejece. Con la llegada de los sirios, de repente
las tiendas tienen nuevos clientes, los colegios dejan de perder alumnos y
lugareños como Lars Persson y Äke Arakidsson hacen su agosto con el alquiler de
sus barracas. “Sin los inmigrantes, algunos de nuestros municipios simplemente
desaparecerían. Necesitamos gente que pague impuestos y que cuide de nuestros
ancianos”, explica sin rodeos Bengt Marsh, director ejecutivo del Ayuntamiento
de Östersund, la capital de Jämtland. Por eso no escatiman en esfuerzos para
hacer posible la acogida en su territorio. A los refugiados les ceden pisos de
protección oficial y ahora negocian con empresarios inmobiliarios para ver qué
pueden aportar. Junto a la parte técnica, se empeñan además de desactivar
posibles resistencias por parte de la población autóctona. “Mire, los políticos
y los técnicos tenemos el deber de explicar a la gente que acoger a inmigrantes
es algo que nos beneficia y que además es nuestro deber solidario; que más del
90% del incremento demográfico de nuestro país en la última década se debe a
los extranjeros y que sin ellos nuestra economía no habría crecido”, dice
Marsh. El Ayuntamiento convoca a los ciudadanos a una sesión informativa, donde
les explican a cuántos sirios van a acoger, de dónde vienen y cuál es la situación
en el país en guerra.
A diferencia de Östersund, hay otros lugares, como
Södertälje, donde ni necesitan jóvenes trabajadores ni tampoco más inmigrantes
ni refugiados. Esta ciudad industrial a unos 30 kilómetros de Estocolmo es la
cuna del famoso tenista Björn Borg, pero es además, según alardean sus
habitantes, el lugar en el que viven más iraquíes que en todo Estados Unidos y
Canadá juntos. Porque lo de los sirios no es una excepción en la historia
reciente de Suecia. En los noventa desembarcaron los que huían de las guerras
de los Balcanes y más tarde fueron los iraquíes. Hay también chilenos y muchos
finlandeses. Södertälje ha sido y es el lugar preferido por los recién llegados
para asentarse. Aquí llegaron hace décadas los primeros sirios. Aquí están sus
iglesias –la inmensa mayoría de los refugiados son cristianos de Oriente
Próximo–, sus canales de televisión, y tienen hasta dos equipos de fútbol.
A simple vista, Södertälje podría parecer una ciudad sueca
cualquiera. Tiene una calle comercial peatonal plagada de franquicias, un tren
que te lleva hasta Estocolmo y un ejército de lucecitas navideñas en las
ventanas de las casas. Pero si uno se fija un poco más, se da cuenta de que los
hombres llevan el pelo y la barba cortados al milímetro, al más puro estilo de
Oriente Próximo. Que abundan las joyerías con gusto oriental. Y que el “Ahlen”
o el “Salam aleikum” son los saludos que más se escuchan por la calle. Las
estadísticas indican que más de la mitad de los adultos que viven en este polo
industrial son de origen extranjero. Es el gran laboratorio de la inmigración.
Hoy es el funeral de un miembro de la comunidad cristiana
siria, que ha acudido casi en pleno a la ceremonia en la gran iglesia
sirio-ortodoxa. En la planta de abajo de un imponente edificio a las afueras de
Södertälje, las mujeres, vestidas de negro, rezan. En el segundo piso hacen lo
propio los hombres, presididos por las máximas autoridades religiosas en el
exilio sueco. En la oficina de Fouad Adis, el presidente de la comunidad, se juntan
unos cuantos fieles de los que llegaron hace ya varios lustros. “¿Española?,
míreme, por favor, esta factura de la luz de mi casa de Valencia a ver qué
dice”. “Yo veraneo en Benidorm”, anuncia otro. Tener una segunda residencia en
la costa española es, sin duda, un síntoma de integración máximo en Suecia,
donde el sol mediterráneo es el gran elixir.
Uno de cada diez refugiados sirios que llega a Suecia se
instala en Södertälje. Por eso los altibajos de la guerra y las campañas contra
las minorías cristianas se sienten aquí como la réplica de un terremoto. Si
hay, por ejemplo, un gran ataque con armas químicas en Siria, las escuelas ya
se van preparando porque saben que provocará una gran huida y que cualquier
mañana tendrán a 30 niños nuevos en la puerta. “Estamos obligados a ser
ultraflexibles”, dice la alcaldesa de Södertälje, Boel Godner, que se queja de
que otras zonas de Suecia acogen a menos refugiados. No comprende tampoco por
qué la Unión Europea no hace más. “Europa camina en la dirección equivocada.
Tenemos que convencer a los europeos de que cerrar sus puertas no es la manera
de construir un mundo mejor”.La fuerte concentración de inmigrantes en ciertas
localidades como la suya, incapaz de ofrecer los servicios públicos apropiados,
y la dificultad de los extranjeros para encontrar trabajo son para Godner los
principales problemas derivados de la política de puertas abiertas. El Gobierno
calcula que los que llegan de otros países tardan entre siete y nueve años en
lograr ser autosuficientes.
Muchos de los refugiados entrevistados coinciden en que, a
pesar de la generosidad del Gobierno sueco a la hora de dejar entrar a gente en
el país, después, al acceder a un trabajo o formar parte de la sociedad, no se
sienten en pie de igualdad con los suecos. Ese sentimiento de discriminación es
precisamente el que incendió varios suburbios suecos el año pasado, en un
estallido que recordó a la crisis de las periferias francesas.
En Suecia, casi nadie –responsables del Gobierno incluidos–
duda de que un nuevo brote de violencia suburbial pueda ser solo cuestión de
tiempo. Pero lo interesante es que no lo interpretan como un fracaso del
sistema y, sobre todo, no les lleva a restringir la entrada de nuevos
inmigrantes y refugiados. Las protestas indican, para las fuentes oficiales,
que hay aspectos de la integración que necesitan mejorar y que, por tanto, hay
que dedicar más esfuerzos políticos y económicos.Los viejos del lugar ofrecen
un análisis probablemente bastante acertado. Jean Azar, de 66 años, es un sirio
de Hasaké que llegó a Suecia en los noventa. Asiste entristecido a la llegada
masiva de sus compatriotas y ayuda en lo que puede. Regenta un estanco y
oficina de apuestas de caballos en un suburbio de Estocolmo y personifica al
refugiado que le ha ido bien. Tiene un chalé en propiedad, un negocio próspero
e hijos que han crecido y estudiado en Suecia. Azar habla maravillas del
sistema sueco, de lo que el Gobierno hace por los que ahora huyen de la guerra.
Pero los años también le han enseñado que los extranjeros se topan en este país
con un techo de cristal; que lo tienen más difícil para escalar en el mercado
laboral, pero que también por lo menos tienen oportunidades. “Sí, claro. No es
un camino de rosas. Hay racismo y discriminación, pero por lo menos aquí pueden
venir y la ley es igual para todos”.
En los bosques de Grytan, el antiguo complejo militar, no
para de nevar. Dentro, en el comedor, la sonrisa de una refugiada anuncia
buenas noticias. Indica que una de las ocasiones a las que se refiere el estanquero
acaba de materializarse. Le han dado los papeles y la trasladan a un
apartamento. Empezará las clases de sueco y las entrevistas laborales. Su
segunda vida. “Mabruk, mabruk”, le felicitan en árabe los otros comensales, que
apuran las mandarinas a la espera de su oportunidad.